Distorsiones mentales

 *Suena la musiquita de Dr. House Diagnóstico Médico* 

Hoy les ofrecemos: 

Curiosamente este no es el post sobre mis fragmentaciones, pero sí es la precuela. Así que atento.

El día de hoy quiero abrirte un poquito mi corazón, y no es que anteriormente no te haya hablado con el corazón en la mano, porque normalmente siempre busco ser lo más sincera que pueda a la hora de escribir.

Sino que hoy voy a hablarte de un tema que había mencionado en mi post pasado (que si no lo leíste, te invito a hacerlo porque el presente es una continuación directa de lo que sucedió en el anterior). Creo que de alguna manera, todos los seres humanos tenemos un cierto grado de desorden y desequilibrio mental porque nadie nos enseña a utilizar el 100% de nuestro cerebro. Y esto no es un intento mío para autoconvencerme de que soy un ser humano normal. No. Más bien, es un intento mío para decirte que si te has sentido como un ser anormal, no es así. 

Verás, yo nací en un contexto bastante hostil entre mi familia. Mis padres recibían constantemente confrontaciones por parte de la familia de mi padre, pero especialmente por parte de mi familia materna (este es un tema para un futuro Post). Así que ya te imaginarás por dónde van mis traumas de la infancia

Los primeros 4 años de mi vida fueron viendo a mis padres recibir ataques por algo que yo no comprendía y por gente que yo amaba y que sabía que me querían. Sabes lo duro que es ver a las personas que más amas siendo lastimadas, no poder ayudarles, no poder defenderlos porque eres pequeña, y peor aún, no poder odiar a los agresores porque ellos, como adultos, saben que tú eres "a parte", que tú no eres el problema y por eso te tratan bien, normal, cómo se supone que debía ser.

En mi pequeño cerebro con una corteza prefrontal apenas naciendo, comenzaron a crearse circuitos de ansiedad e hipervigilancia para detectar el peligro, de impotencia e incapacidad, pero sobretodo de dolor emocional.

Durante mis 7 años, recuerdo que comenzaron a hacerse notar los estragos del trauma. Me disociaba en clase, comencé a tener pequeños episodios depresivos, y en una situación así, obviamente el cerebro prefería protegerme y no exponerme a algo tan peligroso como la exploración y el aprendizaje. Y de ahí a años posteriores, comencé a faltar, a no querer ir a la escuela, a inventar mil y un pretextos para no asistir. Pero el precio de salirme con la mía, que debo reconocer que era muy ingeniosa para ello, era rezagarme. Cada vez que regresaba a la escuela, no entendía nada porque había perdido el ritmo que mis compañeros llevaban. Y entonces recibía un duro golpe a mi ego: me sentía tonta, cuando claramente yo sabía que no era así. ¿Pero cómo refutarlo? Cuando mis calificaciones decían otra cosa y cuando mis maestros se empeñaban en hacerme saber lo mal que estaba. Entonces el ciclo se repetía: faltaba, regresaba para sólo pasarlo mal y quería faltar de nuevo.

A los 14 años fue mi punto de quiebre y el comienzo de una depresión que ya ni siquiera recuerdo cuántos años duró. Sucedió que tuve un incidente en la escuela secundaria con un maestro. Mi mente ya era frágil como podrás darte cuenta, así que no pude soportarlo y le dije a mis padres que me daría de baja y no regresaría más a esa escuela, que ya no estudiaría más... 

Yo era la imagen viva y cruda de lo que antes solían llamar emos: encerrada en mi cuarto todo el día, acostada en mi cama llorando por mi fracasado intento por ser una persona normal y recordando un pasado que nunca supe entender ni pude procesar. Así fue para mí: sin adornos ni maquillaje, sin ropa ni cabello "cool". Sólo un bucle de sufrimiento del que no había salida. Sin tribu urbana ni calle. Sólo yo, sola, guardando silencio para no preocupar más a mis padres de lo que ya estaban.


Éramos pobres no es que ya no los seamos equisde y un especialista de la mente no era opción. ¿Eso me detuvo? No. Lo intentaría una vez más, las veces que fueran necesarias para demostrarme a mí misma que sí podia tener una vida normal cómo las demás chicas; sin preocupaciones en la mente, sólo asistiendo a clases, saliendo por ahí con las amigas, riéndo y teniendo muchos amigos. 

Tardé años, pero como pude, seguí adelante, encontrando la manera de continuar estudiando a mis posibilidades. Ya no había tiempo para sueños, y sin darme cuenta había entrado en modo de supervivencia, activé otro circuito, el de la ansiedad.

A los 18 años comenzó el miedo a apoderarse de mí. A veces por minimiedades, que racionalmente yo sabía que eran estupideces, pero de las cuales no podía dejar de sentir peligro y otras por situaciones que mi mente interpretaba como un auténtico riesgo para mi integridad. Otras veces solo sentía miedo así porque sí. Recuerdo que una vez estaba tranquilamente bañándome cuando comencé a sentir pánico a morir de la nada. Después de eso, la ansiedad se volvió parte de mí y sólo vivía para luchar en contra de ello. Como si yo fuera una pequeña hormiga que detenía con todas sus fuerzas el pie de alguien para evitar ser aplastada.

Aún con un estado emocional que pintaba de mal en peor, logré arrastrar mi herido cuerpo hasta la universidad, teniendo la esperanza de encontrar una cura, y al mismo tiempo, poder convertirme en la cura para otros. 

Obviamente no sucedió así. Amo mi carrera y la volvería a elegir sin dudar. La universidad fue de las cosas más bonitas que me pasó en la vida, porque por fin tuve profesores y amigos de verdad. Y por fin tuve un poquito de la "vida normal" que tanto anhelaba.

Pero la vida normal tiene cosas aún más sorprendentes y una pandemia acabó por destruir los sueños e ilusiones de toda una generación. Al menos a mí me regresó de golpe a mi realidad. Yo no estaba sanada y había muchas cosas por resolver dentro de mí. La carrera no había ayudado, ni siquiera un mapa para orientarme, pero al menos sí una pista: la introspección, y aquello que los científicos tanto repelan: el Dios que existe adentro de todos nosotros.

La historia de cómo traté mi depresión y mi ansiedad y sobre cómo desmantelé el origen de mi herida emocional, va para otro post, no quiero seguir haciendo esto más extenso de lo que ya está siendo. 

El punto de por qué te cuento todo esto, es para explicarte un poco mejor el porqué mi sistema nervioso simpático que de simpático no tiene ni vrgs tiende a activarse por default. Y si uno no ha trabajado en sí mismo, si uno no se conoce así mismo y no sabe cuáles son nuestras estructuras mentales (pensamientos y creencias), si no sabes cuáles son nuestras propias casas emocionales y cómo gestionar las emociones, entonces viviremos por siempre atrapados y siendo arrastrados por nuestra propia mente, como si fuéramos un ser sin voluntad a merced de una inteligencia artificial. (Sí, la famosísima Matrix)

Las organizaciones institucionales y Yo

Me da mucha risa porque, no yo diciéndote que no quiero alargar más esto y aquí vengo sacando otro tema, pero de verdad viene a colación al verdadero tema de este post. De hecho, yo iba a comenzar con esto; y es que como sabrás, las escuelas públicas en México no son un lugar sano ni seguro para nadie, y mucho menos para alguien como yo... alguien con la mente quebrada.

Aunque pareciera que lo único que hace bien el sistema educativo es crearle traumas a las personas, la realidad es que no las origina... Saca a flote lo que ya existe, las intensifica y las perpetúa. No sólo la escuela, en realidad todas las organizaciones (familia, trabajo, religiones, etc). 

En mi caso particular, acentuó la hipervigilancia, me hice realmente buena leyendo las emociones de los demás para adaptarme a lo que querían y así evitar ser regañada. La sensación de ser siempre la responsable o la madura, formó en mí un extraño sentido del deber para hacer siempre las cosas bien, cuando en realidad lo único que quería era evitarme problemas para no sufrir, para no sentir vergüenza o culpa. El estar continuamente sintiendo peligro, miedo y ansiedad fue lo que me hizo tratar de entender todo intelectualmente para obtener un poquito de control; ya sabes, esa sensación de poderse anticiparse al caos para estar segura, imaginando los peores escenarios posibles, porque si no encontraba una solución, al menos estaría preparada para ello. Así, desarrollé una mente muy analítica, observadora, "pensar mucho antes de actuar", cuando en realidad solo era una cobarde que no se podía dar el lujo de poner en riesgo mi pequeña y frágil autoestima.

No puedo culpar a mi cerebro por haber funcionado así, porque después de todo, sólo estaba tratando de protegerme emocionalmente.

Yo tenía una herida emocional que se activó cuando era muy pequeñita (¿recuerdas que mencioné mi entorno familiar al inicio de este post?): El sentimiento de ser rechazada, y por supuesto, al ingresar a la escuela, la sensación de no encajar completamente, la intolerancia a las críticas y el dolor o el miedo a ser excluida, se acrecentaron en mí a pesar de que yo sabía que la realidad no era así. No sé si me estoy explicando, pero yo sentía el dolor emocional y podía señalar con exactitud a qué se debía, pero había una parte de mí, no la parte racional, sino la parte más sabía de mí, la voz de mi alma, que entendía que estaba interpretando mal la realidad, pero que también existía una verdad: que si yo no encajaba en ese lugar, era porque yo estaba hecha para un mundo completamente distinto. Pero era muy pequeña en ese entonces como para comprender lo que mi intuición me decía. Yo sólo creía en lo que sentía y en lo que pensaba.

Estos patrones de los que te hablo se establecieron en toda mi época estudiantil, y los repetí en cada uno de los trabajos que tuve. Y éste no iba a ser la excepción...

En el capítulo anterior...

¡Yay, por fin la actualización! 👏🏻

Como te conté, me postulé e hice todo el proceso para sumarme al Staff de eventos masivos y fuí convocada a mi primera capacitación. Pues esa noche, ¡No podía dormir, mana! Bueno, de hecho sí me dormí como normalmente lo hago, pero me desperté a las hora del diablo 3:00 y ya no me pude dormir. Pero no se trataba de un tema de insomnio simplemente, sino que desperté con todo el sistema nervioso ACTIVADÍSIMO.

Bendita ansiedad...

Mi mente no paraba de lanzar pensamientos de angustia y preocupación: "¿valdrá la pena realmente el esfuerzo?", "Tendré que hacer varios gastos", "No voy a recibir la suficiente remuneración económica... ¿o sí?", "¿Estoy dispuesta a esforzarme para esto?", "¿Qué es lo que en verdad busco de esta experiencia?" "No tengo la ropa que me pidieron para el código de vestimenta y yo no pienso hacer un gasto para ello. No tengo los recursos ni estoy dispuesta a volver a adaptarme a un lugar del que no obtendré el debido reconocimiento."

Si te fijas bien, los primeros pensamientos son buenos hasta cierto punto porque hablan de autocuidado. Un ego sano que señala los peligros verdaderos y tangibles. Pero el último pensamiento, y que fue el que no me dejaba en paz, escondía detrás un miedo... el miedo a no encajar, a no ser aprobada y a ser injustamente valorada. Y ese en específico, es el que me estaba manteniendo en ansiedad a tal grado de despertarme.

Las indicaciones fueron muy sencillas: playera negra sin estampados; pantalón de vestir recto; zapatos cerrados negros. ¿Cuál era el pedo? Que yo no tenía nada de eso. Así cómo lo lees: Todas mis playeras negras tienen estampados de bandas; sólo tengo un único pantalón de vestir negro y es de corte acampanado, y eso es debido a que en mis anteriores trabajos, el código de vestimenta era azul marino; y claro que tengo zapatos negros... Unas zapatillas y unas botas, ambas con tacones que acabarían conmigo a las 2 horas de estar de pie. 
—¿Y los Vans? —me preguntarás tú. 

La consigna es que no debemos de llevar ningún artículo que tenga algún logo de marcas, porque eso interferiría con los patrocinadores. Eventualmente, mis Vans quedaron fuera.

Cuando nos indicaron como debíamos ir vestidos, mi primer pensamiento sano fue: "Voy a ir con lo que tengo: un pantalón cargo negro, blusa de cuello en v negra, y unas botas estilo militar góticas..., ¡a ver qué pasa! No quiero amoldarme tanto."
Una vez tomada la decisión procedí a dormirme. ¿Pero entonces cómo fue que se convirtió en un problema que no me dejara dormir? 

Para alguien con ansiedad como yo, la respuesta más fácil es que se debe principalmente a que esto es algo completamente nuevo para mí (las organizaciones de eventos masivos), pero más allá de eso, me di cuenta que la ansiedad estaba surgiendo porque "me estaba saliendo del molde". No estaba haciendo caso a las indicaciones que nos dieron. Y mi mente detectó el peligro que ya tenía programado: "Si no obedeces, te reprenderán, pasarás una vergüenza y quedarás como una persona cero profesional", “Si hago algo incorrecto o fuera de lo esperado, algo malo puede pasar.” Y la terrible sensación que invadía mi cuerpo era de culpa, de equivocación, de estar haciendo algo malo o que estaba cometiendo un error. 

Y cuando uno entra en el estado de miedo, las ganas de experimentar y vivir una nueva experiencia, de explorar nuevos horizontes o de aprender cosas nuevas, desaparecen por completo. Y justo en ese instante, mis ganas de emprender esta nueva aventura parecían haberse esfumado.

Cerré mis ojos y tomé una respiración. Centre mi atención en lo que estaba sintiendo adentro de mí. Sentí una línea vertical atravesando el centro de mi torso, desde la altura de mi corazón hasta mi útero. Esta línea era como un agujero negro que atraía toda la presión y me hacía sentir como si me oprimiera el exterior.

Entonces, la reconocí de inmediato. Era aquella sensación de sentirse aplastada. Era ni más ni menos que el trauma del que te hablé al principio: el sentirme pequeña, impotente ante un mundo que me aplastaba como un pequeño bicho.

Mi sistema nervioso estaba contraído. Se siente como el punto en que converge toda la presión del universo. ✨ Comprime hasta que el cuerpo colapse y muera aplastada.

Pero como te conté, yo pasé por un proceso de sanación. Soy capaz de detectar exactamente qué sensaciones siento y qué emociones aparecen, así como ver cuál es el pensamiento que predomina y provoca la emoción. De eso se trata la inteligencia emocional. Aprendí que en mi cuerpo, el sentirme chiquita, aplastada por la situación, era un eco de una memoria de incapacidad, cuando no podía ayudar a mis padres ni hacer nada para que la situación cambiara, y tampoco podía salvarme a mí misma. 


Esa memoria se activó ahora simplemente porque mi mente no podía predecir lo que sucedería en ningún aspecto. No tenía información ni material para crearme los escenarios catastróficos, es decir, no podía protegerme de la manera en que lo había hecho durante todos estos años. Entonces tenía que obligarme a adaptarme para evitar riesgos (obtener una llamada de atención), o mejor aún, evitar que fuera a la capacitación.

Sanar significa volver a reeducar todo tu sistema operativo no android. Y mi trabajo es, enseñarle a mi mente cada vez que se le olvide, hasta que lo aprenda: que yo ya no soy una niña, que estoy a salvo y puedo protegerme a mí misma. Y lo más importante: Sí hay algo que puedo hacer, y eso es regresar a mi estado neutral, o sea, desactivar mi sistema nervioso.

En estos casos, hay que hacer espacio. Eso significa expandir el cuerpo con cada respiración. Cómo yo lo sentía justo en el centro de mi torso, lo que tenía que expandir era principalmente mi espalda hacia atrás (imaginariamente, claro) y expandir poco a poco mi pecho y mi abdomen hacia adelante. La sensación de contracción no desaparece, pero ahora esa sensación era pequeña en comparación a todo mi cuerpo expandido alrededor, y eso quitaba presión. Cuando haces grande algo, se resta presión. Si esto fuera un globo de agua a punto de explotar, y si alrededor de ese globo pones un balde lleno de agua, deja de importar tanto si explota, porque la presión ya no está atrapada en un solo punto. Ahora hay más espacio que puede contener todo.

Cuando por fin regresé a la tranquilidad, al un estado de neutralidad y logré aquietar mi sistema, empecé a notar que mi cuerpo físico estaba cansado. Me dolían algunas articulaciones y los pies, así que me concentré mucho en sentir este dolor y en liberar la energía que estaba atrapada en estos lugares, pues los estaba tensando sin darme cuenta. Lo más mágico de todo esto es que cuando logré descansar mi cuerpo, y ya que mi sistema nervioso había regresado a la normalidad... surgió la creatividad, las ganas de crear algo... así nació la inspiración. Y desde luego, también regresaron mis ganas por asistir a esa capacitación.

¡Me vas a matar! porque, ajá, los detalles de cómo me fue en la capacitación y de mi primer día como Staff, te los estaré comentando en mi siguiente post.
Nos estamos leyendo 🤪🤍

Comentarios

Entradas populares de este blog

En búsqueda del trabajo independiente

¡Nos lanzaron al ruedo sin mayor explicación! 😭